lunes, 14 de febrero de 2011

Insomnio y verborrea

No te puedes dormir, ahora no. Procura olvidar cómo se cierran los ojos, corres el riesgo de quedarte ciego.

Si te tapó la mirada la venda blanca, escóndela para siempre, condénala a un rincón oscuro y déjala sin luz como ella hizo contigo durante largo tiempo.

Observa al que observa, para evitar tu propio reflejo y ser capaz de mirar lo que él mira.

Boca inconstante... siempre abominaste del silencio pero él te ganaba la partida una y otra vez. Demuestra que hay verso en esos labios más allá de las sencillas rimas.

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Se miró las manos, se secó las lágrimas y nunca volvió a dormir: ansiedad de sueños, sueños de realidades.





domingo, 19 de diciembre de 2010

Sin retórica

Jugueteando con una pluma se empeñaba en disimular el temblor de sus manos. Podía oír a la gente desde la parte de atrás del escenario, los murmullos, las risas, la impaciencia de quien espera sensaciones fuertes y se niega a demorarlas más.
Vestido negro, moño años 50, y un remolino de locura desde los pies hasta las uñas rojas de sus manos.

Los aplausos tras oír su nombre antecedían el esperado momento, ella salió y sonriendo, paso lento, observándolo todo, se acercó al atril y posó los papeles que contenían las palabras precisas.

Se despertó aturdida, tapándose del sol que entraba impertinente por la ventana. Aun podía escuchar los aplausos dentro de su cabeza, pero lamentó no llevar puesto aquel maravilloso vestido negro.

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Regálame minutos de silencio,
concédeme un discurso sin aplausos.



jueves, 21 de octubre de 2010

observo y aprendo

Ella podría ser un personaje de Kiarostami. Misteriosa, anhelada y con la melancolía protegida por tres capas de delicado lino francés.

No hace falta mirar por el objetivo para sentirse espía, probablemente ella olvidara su corazón abierto en un alarde de ingenuidad provocada.

(Nunca estuve en un parque tan real como este, todos los demás parecen presumir de una irrealidad buscada que acaba por hacerme sentir incómoda. Esta vez no es así. Los árboles hacen sombra pero no oscurecen, y siempre hay un hueco en los bancos al sol).

Hace que lee pero la historia no está en esas páginas, está en su cabeza. Puedo notar vibrar sus emociones, es incapaz de contener la progresiva intensidad de la respiración.



Él, en cambio, se sienta a su lado con la elegancia propia de un caballero del cine de Chabrol. Finge distinción con un cigarrillo entre los labios y arquea las cejas observándolo todo. Sombrero de ala media, marrón y desgastado por los versos del tiempo.

A penas se rozan, ella demasiado absorta en ninguna parte y él demasiado lleno de las vida de otros.


Oscurece, ya no hay sombras ni claros, el parque es como un manto homogéneo de colores neutros. Entonces, en silencio, intuyo por los gestos que les envuelve un beso.









jueves, 5 de agosto de 2010

Surrealismo a la milanesa

"Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
te bajaré a la tierra humilde y soleada...".

Dice así el primer verso de "Los sonetos de la muerte" de Gabriela Mistral. Al leerlo en voz alta ella nota la cadencia en sus labios, armonía de palabras repletas de melancolía. Se mueve al ritmo del "baile de la Victoria" y decide no cerrar los ojos nunca más. Detrás de la montaña se esconde el río, por dónde todo pasa al compás de una corriente que serpentea cada recoveco del paisaje.

- Tienes las manos heladas, ¿qué te pasa?
- Hace mucho que nadie me dice eso...
- Realmente heladas...
- Hace mucho que nadie me coge la mano al caminar.


Un perfume osado no cesa en el intento de conquistar su cuello, pero sigue oliendo a ella, a regalos y sonrisas, a amaneceres llenos de lunas incansables.

Reescribiendo en el cuaderno negro, encima de poemas que pretendieron ser eternos, hay suficientes líneas para conquistar otro sueño, similar pero absolutamente distinto.


jueves, 1 de julio de 2010

mirando fijamente

Torció el gesto exactamente tres veces, las suficientes para que ella se pusiera las gafas de sol y prefiriera obviar la discusión. La mujer que ahora escondía las lágrimas había insistido mucho un año antes para que se compraran aquel descapotable rojo. Hoy, lo aborrecía, quizá porque soñaba cada noche con todas las faldas que él habría subido en el asiento trasero del deseado Mustang.

Dos cinzano rosso parecían marchitarse en la pequeña mesita orientada a la playa, al igual que el atardecer las bebidas se tornaban espesas y solitarias.


Ella condujo la segunda parte del viaje, él puso la canción que en otras largas noches intimidó a la luna. No se echaron de menos las palabras, iban hacia aquella playa y siempre habría tiempo para otros dos vermouth, del color que fueran. Entonces, él acarició su pierna y ella le cogió la mano.








martes, 15 de junio de 2010

y ya... 9 primaveras

Ha sido un embarazo, una larga e intensa incubadora capaz rebosar momentos apasionantes pero que también posee la virtud de abrirme los ojos.
Nueve meses más tarde, Te Quiero, como aquella noche en la que no hizo falta la luna, en la que la lluvia quiso arroparlo todo. (Supe que te iba a querer desde la primera vez que nos miramos).
Los horizontes son nuestros, como lo son los puertos donde nos esperan mil barcos con los que navegar, el viento sopla a nuestro favor, adelante...





A veces Katherine va a la playa a pensar, no lo hace como todas las demás, que creen superiores sus reflexiones y fuman interesantes observando con la mirada perdida el horizonte. Ella huele el mar, lo huele intensamente y entra en un éxtasis que probablemente las otras damas nunca llegarán a saborear. Después cierra los ojos y besa a Marlon Brando, y con los labios rojos y el corazón dispuesto, comienza a caminar, aun sin abrir los ojos, por la orilla. Cree suspenderse en el aire, y de puntillas, fantasea con alcanzar el viento que transporta el olor evocador de sueños.



Las demás la observan, juzgan con sus miradas porque no comprenden. La impotencia del que jamás sentirá de esa forma, del que no conoce esos modos.




De puntillas...



de puntillas, te beso.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Descomponiendo verdades

Luna en cuarto creciente, alguien ha intentado alcanzarla ya tres veces desde algún balcón perdido por los tejados de Madrid.

Los cínicos siempre usan guante blanco, con él esconden las verdades que roban tras presumir de la pureza de su blancura. Peo esta noche incluso ellos muestran sus manos.

No hay antifaces tampoco esta noche, si quieres ponte dos estrellas en los ojos, dicen que ayudan a soplarle al miedo y enviarlo lejos.

Recomiendan también (en noches como esta) respirar profundamente para notar la realidad que recorre el cuerpo, pensemos que estamos dentro de un Fado de Amália Rodrígues.


Justo en ese preciso instante, en el que la música lo inunda todo, la luna se vuelve naranja y baja a la altura del balcón para ser acariciada como se merece.




Esta noche, manda ella, misteriosa y cambiante, observadora inconstante de reflexiones ajenas.